Durante muchos años no hubo tratamiento. Una vez que se identificó que el VHC era el virus responsable, se propusieron las primeras alternativas. «La hepatitis A se cura con reposo, y la B se pudo lidiar con la vacuna, la C era totalmente diferente», afirma Bernal. «Durante los años 90 se empezaron a probar algunos tratamientos e incluso se curaron algunos casos».
Se usó -aún se usa- interferón, una sustancia que segrega el sistema inmunitario para luchar contra infecciones víricas pero que puede provocar graves efectos secundarios -nauseas, depresiones y dolores de todo tipo-. Aproximadamente un tercio de los pacientes no eran capaces de acabar este tratamiento que muchos consideran más duro que la quimioterapia. En los años siguientes se incorporaron dos innovaciones. Se cambió al interferón pegilado, que exigía menos sesiones a lo largo del tratamiento, y se sumó la ribavirina, un antiviral que mejoraba un poco las tasas de curación. «Mejoró algo la efectividad, pero aún era muy baja», asegura Bernal. «Todo cambió hace tres años cuando llegaron los antivirales directos, que son mucho más eficaces, tienen menos efectos secundarios y además se pueden suministrar en plazos más cortos».
Aunque todo el mundo habla de Sovaldi -la marca comercial del sofosbuvir-, éste solo es eficaz cuando se combina con otro -con simeprevir o con daclatasvir-. Combinados, no solo curan más, sino que permiten evitar el interferón y sus efectos. «Curar la hepatitis C es un hecho histórico», asegura Bernal. «Además, en verano saldrán dos medicamentos más, aun mejores, así que soy optimista».
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